Fundación CIAP

Asistencia Psicológica: Grupos terapéuticos y de reflexión

Grupos terapéuticos

El equipo integra grupos terapéuticos, mixtos, agrupados por edades; adolescentes, jóvenes y adultos, con motivos de consulta heterogéneos.

Quienes solicitan este tipo de tratamiento tienen algunas entrevistas individuales, en las que se evalúa su posibilidad  de inclusión en un grupo  ya existente o en el armado de uno nuevo, buscando la compatibilidad entre el grupo y la persona.
           
Los grupos son reducidos (en general no más de ocho integrantes), coordinados por uno o dos psicólogos y se reúnen semanalmente en sesiones de aproximadamente dos horas.
Si precisa más información sobre este dispositivo terapéutico o desea incluirse en un grupo, puede solicitar una entrevista con los terapeutas del sector, quienes aclararán sus dudas y lo guiarán en este camino.

Equipo de grupos: Lic. Irene Ardigó, Lic. Viviana De Marinis, Lic. Viviana Kanevsky, Lic. María Eugenia Lynch
Coordinadores: Lic. Ernesto Lascano, Lic. Laura Yankillevich

Lo terapéutico del grupo

Antes siquiera de ser concebidos ya existimos en un espacio grupal y vincular que nos precede y nos prefigura. Desde el día en que papá le dijo a sus amigos;  “cuando tenga un hijo va a ser de…”, mencionando al club de sus amores o desde el momento en que mamá soñó con una nena de pelo largo a quien hacerle las trencitas, hasta la pregunta de tías y abuelas; ¿y para cuando?, nuestra familia de origen, primer grupo de pertenencia, nos hace un lugar que sólo tiempo después ocupará nuestro cuerpo.

Desde que nacemos; estamos inmersos y crecemos en grupos y todo lo que nos pasa, bueno y malo se origina, se estructura y se actualiza en un vínculo.

Si en la escuela somos admirados o burlados, incluidos o marginados, si nuestros padres reconocen en nosotros cualidades que a partir de allí intentaremos poseer, o si por el contrario nos ven incapaces de lograr algo que, por creer en ellos no nos sale. Si tiempo después una chica o un chico nos dice que si o ni siquiera nos mira; iremos formando nuestra personalidad y construyendo nuestras confianzas o inseguridades en ese diálogo continuo y a veces silencioso, con los otros.

De ahí en más nuestros grupos de pertenencia nos protegerán de sentimientos de indefensión, angustia o desamparo. Por su poder tanto positivo como destructivo necesitamos, deseamos y tememos vincularnos.

Cuando como psicólogos le proponemos a alguien incluirse en un grupo terapéutico, surge en principio una cierta curiosidad acompañada por un gran temor. El otro asusta como diferente y amenazante y uno reproduce consciente o inconscientemente anteriores vivencias que pueden ser de rechazo o marginación.

Por el contrario los que acceden a esta experiencia manifiestan su sorpresa por lo mucho que pueden tener en común con personas que por características e historia son muy diferentes. El alivio de no ser el único, junto a la oportunidad de armar una pertenencia que no se base en la indiferenciación ni el sometimiento son algunos de los aportes  de lo grupal al objetivo terapéutico. El espacio grupal nos permite además pensar con otros, resonar con lo que le pasa a otro y vivenciar como resuena en otros lo que nos pasa, como un espejo que deforma y a la vez enriquece nuestras vivencias, permitiéndonos verla con otros ojos.

Y es por este rodeo a través de los otros que nos será posible hacernos cargo de nuestra propia singularidad.

Con el tiempo las sesiones de grupo, aúnan intimidad y afecto pero combinados de modo muy diferente al de la amistad, ya que aunque puedan surgir entre sus miembros vínculos amistosos, el objetivo terapéutico que preside el encuentro hace que no solo los terapeutas interpreten sino que los mismos compañeros señalen repeticiones, desenmascaren intentos de auto-engaño y cuestionen las miradas más autocomplacientes, logrando cuando hay consenso una contundencia que atraviesa nuestras defensas.

Los grupos terapéuticos con los que trabajamos; a diferencia de los indicados para tratar alcohólicos, adictos o jugadores compulsivos, se basan en la heterogeneidad de sus miembros, tanto en cuanto a la problemática que motiva el tratamiento, como al género, clase social, religión o ideología; y tantos otros valores que fuera del ámbito terapéutico suelen constituirse en barreras insalvables que nos separan de lo diferente y nos remiten a la tranquilidad de lo igual, a la comodidad de lo conocido, poniéndonos a salvo de cuestionamientos.

Por el contrario la diversidad,  en la medida en que le permitamos que nos interpele, nos permite desarmar alienaciones, cuestionar nuestras certezas, y revisar versiones cristalizadas de nuestra historia y nuestro presente, favoreciendo la aparición de nuevas miradas  y con ello la remisión de síntomas y la de construcción de rasgos caracterológicos.

Uno reedita en un grupo el lugar que ocupó en su familia de origen, o el que a partir de allí fue construyendo, hasta convencerse de que es el único al que puede acceder o el que le tocó en la vida. En el espacio terapéutico grupal esto se repite necesariamente, constituyendo para la escucha profesional una oportunidad privilegiada de verlo en su despliegue y de mostrarlo de forma incontrastable.

En la actualidad de este mundo globalizado y descarnado y en particular en nuestra historia reciente; lo grupal, lo social  y en definitiva los otros son objetos de sospecha y aprehensión. Protegernos, recluirnos en nuestro pequeño mundo conocido, e impermeabilizarnos de lo que pueda afectarnos parece ser la única actitud sensata para minimizar los riesgos. Extraña solución que nos condena a un peligro mayor del que nos protege.

En los tiempos que corren los grupos terapéuticos son un pequeño oasis, un espacio protegido que nos permite trabajar sobre nuestra subjetividad y ensayar modalidades diferentes de relacionarnos como paso previo para abandonar el surco por el que transcurre nuestra vida y explorar nuevas posibilidades.
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